No quiero empeñarme en desterrar el término 'vacío' al campo de lo físico. Quizá sea porque considero el vacío más como un sentimiento que como una realidad.
El vacío de la botella de ginebra.
El vacío del cajón donde guardabas tus vaqueros.
El vacío de una casa deshabitada.
Todo eso no importa, porque mañana mismo relleno la botella con agua del grifo, le busco unos dueños nuevos a la casa y meto mis propios vaqueros en el cajón. Y por lo pronto ya he hecho desaparecer el vacío físico. Así de fácil.
Lo sentimental sigue otras normas.
Con la ginebra terminé yo solita aquel aciago día que yo quería pasar discutiendo hasta llegar a la reconciliación, sin embargo, tú ya no tenías ganas de jugar al gato y al ratón y tus palabras fueron para mi como un maldito agujero negro: '¿Sabes qué? Mejor hablamos mañana, o quizá otro día... Sí, tienes razón, estoy cansado, descansaré en un hotel. Buenas noches'
Me diste la razón y la razón me sonó a derrota. Y cada uno de los segundos que siguieron a ese momento se comportaron como vacunas inyectándome autocompasión y remordimiento. Yo sí que estaba realmente vacía.
Claramente, a la botella de gin le siguió el cajón, porque dos días después volviste (asegurándote por supuesto de que yo no estaba en casa) y al llegar de tomarme un café me encontré con el primer cajón del armario vacío. Sorpresa seguida de una risotada amarga al recordar, cómo habíamos peleado al hacer la mudanza por ese cajón. Tú defendías que tus vaqueros tenían que estar allí, bien doblados para tenerlos a mano, y yo apostaba por que mi ropa interior estaba perfecta en ese sitio, para no tener que buscar mucho por las mañanas. Ganaste tú, mediante el engaño de los besos, por supuesto.
Ahora tengo todo el cajón para mi sola, y resulta que ya no lo quiero. Porque cuando lo abro... ¿Adivináis cómo me siento? Vacía, no hace falta ser muy listo.
Y finalmente la casa. Aunque se trata de una buhardilla enana en un octavo piso, sin cristales aislantes y a merced del ruido del tráfico madrileño. A mi me gustaba. Y digo me gustaba porque ahora ya no me gusta llegar a casa y subir las escaleras siempre con miedo a volver a encontrarla en silencio. Abrir la puerta se está convirtiendo en todo un reto para mi, pues sé que tienes llaves y sin embargo ningún día las veo colgadas en el gancho de la pared al entrar.
Estoy esperando a que vuelvas para volver a hacer crepes para desayunar, para hacer otra vez la cama con las sábanas del estampado de nubes, y para hacer palomitas los domingos por la tarde frente al televisor. Porque sin ti... Ésta casa está tan vacía como lo estoy yo.