Anette se fija en el gran cartel allá en lo alto de la estación que anuncia los próximos trenes. Los mira como si cada uno representara una nueva oportunidad a una vida que puede calificarse de poco más que de vacía y en ruinas. Hay tantos destinos como maneras de arriesgarse, pero ella, allí en medio de la estación, con la maleta roja y el abrigo gris hace tiempo que ya tiene claro a dónde quiere dirigirse.
Sostiene en la mano el billete, y casi lo arruga entre sus dedos pálidos para que no se le escape esa maravillosa oportunidad. Hay billetes de tren que son mucho más que un simple pase a la cabina, hay billetes de tren que son reencuentros, despedidas, los hay que son sonrisas, o quizá lágrimas... Para Anette es todas esas cosas juntas.
El cartel gigante anuncia ''Valencia-Madrid: 2 min." y ella que siempre ha odiado las despedidas agarra con firmeza el asa de la maleta y anda sin detenerse, no hay dudas, no hay lágrimas, no hay llamadas y sobre todo no hay dolor. Se acomoda en el asiento del tren y en cuanto éste comienza a moverse el traqueteo de las vías y su efecto anestésico hacen que se sienta tan nostálgica como feliz, no desea mirar hacia detrás, y lo más importante es que no lo hace.
El chico que tiene sentado delante lleva una cazadora de cuero y un libro de Alberti entre las manos, extraña e interesante combinación. La mira. Sonríe al cruzarse con la mirada de ella, más cristalina y triste que ninguna que haya conocido antes. Él vuelve los ojos de nuevo a la poesía de Alberti y ella se acomoda las medias dejando entrever unos centímetros de muslo bajo su falda de invierno, un gesto que casi logra pasar desapercibido si no fuera porque ha provocado el interés repentino del hombre que, sentado unos metros a la derecha, leía hasta hacía unos pocos segundos el periódico del día.
Y así es como Anette, que apenas lleva tres minutos sentada en ese tren, contemplando absorta el espectáculo del atardecer de noviembre al otro lado de la ventana, ha atraído las miradas de dos de los pasajeros. No sé si me entenderéis cuando os diga, que su presencia es como la de una mariposa que revolotea sin querer alterando el equilibrio natural de cada lugar que pisa.
Nadie la acompañó a la estación y nadie la esperaba al llegar a Atocha, nadie fumó a su lado en silencio cuando bajó de aquel tren, y nadie se ofreció a enseñarle la cuidad. Al menos, aquella tarde no.
Pero no os preocupéis por Anette, porque ella siempre hace las cosas por algún motivo, siempre coge los trenes que considera y no le será difícil enviar un par de mensajes y tener un buen guía madrileño en un par de días. Porque ella es así, le gusta irse sin despedirse, y llegar sin avisar.