Dejé de decir 'tú y 'yo', para decir nosotros.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

No es una noche triste, 
es sólo tu ausencia. 

No es un teléfono mudo, 

es sólo tu silencio 

No es el frío de esta cama, 

son sólo mis manos solitarias. 

Por no ser, no es ni un poema,  
son sólo mis palabras. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

La noche es una cascada

Mil noches sin saber que te esperaba y cuando por fin te encuentro no te siento aquí, habré de preguntarle a la luna el motivo por el que sin ti las noches son más que oscuras, incuso diría que más que negras. Explícamelo tú, porque yo no entiendo el porqué de cerrar los ojos y que tu recuerdo me caliente tanto el alma que cuando los abra me deje helada. Y es que las noches en esta habitación no son precisamente acogedoras si solo me acogen a mi, la cama no es en absoluto la nube que imagino y Morfeo llega tarde y mal porque no me acogen otros brazos que no sean los de tu ausencia. Fíjate si mis noches te necesitan, que incluso te escriben versos (que nunca han sido ni serán lo mio), porque en definitiva, son cascadas de una inspiración que se resume en el deseo de ti. 

martes, 11 de septiembre de 2012

Amélie

La verdad es que él no sabe ni su nombre, ella es la chica del ático, del sexto piso. Una más dentro de una simple comunidad de vecinos de una finca madrileña de techos altos. Y él, que llegó allí con toda su vida pasada  a cuestas, ha tenido la suerte o la desgracia de que la ventana de su habitación de al patio de luces, como la de ella. Le gusta imaginarla, por la noche, cuando se encuentra solo en su cama. La imagina recordando las pocas veces que se la ha cruzado en el portal, con la voluminosa melena castaña y esos vaqueros apretaditos. Huele su perfume dulce y embriagador, y le parece escuchar de nuevo el sonido de sus zapatos resonando en el mármol de las escaleras. La verdad es que aunque no sepa ni su nombre, sí sabe que le gusta sentarse en el alféizar de la ventana en pijama, bebiendo una taza de quién sabe qué y acariciando al gato negro que le hace compañía. Y todo esto lo sabe porque a él también le gusta mirar la luna desde allí, y algunas noches (cuando el insomnio se vuelve amargo) se fuma un Lucky y alza la mirada, y se topa con la ventana del ático y con la chica del sexto en pijama y calcetines. Últimamente ha estado pensando en que ya que no se atreve a preguntarle como se llama, podría ponerle él mismo un nombre... algo que le pegue. Y después de mucho pensar decide que (hasta que tenga el valor de conocerla) la va a llamar en sueños Amélie. Por eso de que a veces cuando él se siente triste, abre la ventana y no hay día que no escuche a Pereza cantando desde el sexto: ''Pequeña sonrisa de Amélie... me tienes ganado...''

jueves, 6 de septiembre de 2012

Letter 1

Hoy vengo a hablar de cosas tristes, aunque la tristeza no es, en absoluto, mi estado de ánimo actual. Tal vez por ello me haya decidido ahora a escribir sobre todas esas cosas a las que, a vuestro juicio, puedo sacar mucho más partido en otro momento. Hoy vengo a hablar de todas esas cosas que afortunadamente he dejado atrás, aunque han sido precisamente las que me han hecho ser como soy ahora. 

Nunca, jamás, en mi vida he soportado la idea de las cartas... que no se mandan a su destinatario correspondiente, y no hablo de cartas cualquieras sino de aquellas cartas de amor cuyo autor escribe a su amada, pero ésta nunca las recibe. Yo, que soy una persona de palabras, siempre he considerado que a los sentimientos 'palabreados' no es justo encerrarlos en un sobre que nadie abrirá y dejarlos en un cajón, del que nunca saldrán. Pues independientemente del talento literario de cada uno (y normalmente los verdaderos enamorados multiplican este talento) es enormemente triste acumular cartas que te han servido de vía para expresar normalmente el dolor, y jamás enviarlas. Por estos motivos, y por muchos más, declaro las cartas que nunca se mandaron, una tristeza hecha papel. 

Por otra parte, ¿nunca os habéis sentido inusualmente nostálgicos al doblar solos una sábana grande? Sí sí, una de esas sábanas que parece que se te vaya a tragar de lo enorme que es, pero por la que sin embargo pelean los dos enamorados en la cama. Y puede que parezca que no es para tanto pero yo de verdad que cada vez que he de lavar una de esas sábanas me entra el pánico al momento en el que se seque y haya de doblarla sola, sin poder decir 'Anda... cariño, ayúdame a doblar la sábana'. Y por esto y mucho más (también por el beso que nos daríamos al terminar de doblarla) declaro las sábanas grandes que ha de doblar una sola persona, una tristeza que invade mi colada. 

Finalmente, y porque esta es una de las cosas que más tristeza han podido producirme, hablaré de los domingos. Los domingos son aquellos días en los que no importa para nada si llueve o si hace sol. Y es muy curioso, porque normalmente cualquier otro día de la semana dichos fenómenos atmosféricos son capaces de alterar nuestro estado de ánimo. Lo que pasa con los domingos es que parece como si ya llevaran un estado de ánimo directamente desde la fábrica, como los artículos defectuosos. Son esos días en los que, en invierno coges una manta y una taza de algo caliente y ves una película en el salón (normalmente para olvidarte de tu propia existencia), cuando llega el calor son aún más angustiosos pues ni siquiera puedes contentarte con el feliz sentimiento de estar calentito en casa. Lo más curioso de todo esto es que los domingos solo son días tristes si se combinan con la soledad. Pues a mi no me importaría para nada compartir la manta y la bebida caliente... 

Así que, tú, sí tú, ¿Qué me dices? ¿Te apetece que veamos una película en la cama los domingos, te lea mis cartas y a cambio me ayudes a doblar las sábanas (no te olvides del beso final)?