Hoy vengo a hablar de cosas tristes, aunque la tristeza no es, en absoluto, mi estado de ánimo actual. Tal vez por ello me haya decidido ahora a escribir sobre todas esas cosas a las que, a vuestro juicio, puedo sacar mucho más partido en otro momento. Hoy vengo a hablar de todas esas cosas que afortunadamente he dejado atrás, aunque han sido precisamente las que me han hecho ser como soy ahora.
Nunca, jamás, en mi vida he soportado la idea de las cartas... que no se mandan a su destinatario correspondiente, y no hablo de cartas cualquieras sino de aquellas cartas de amor cuyo autor escribe a su amada, pero ésta nunca las recibe. Yo, que soy una persona de palabras, siempre he considerado que a los sentimientos 'palabreados' no es justo encerrarlos en un sobre que nadie abrirá y dejarlos en un cajón, del que nunca saldrán. Pues independientemente del talento literario de cada uno (y normalmente los verdaderos enamorados multiplican este talento) es enormemente triste acumular cartas que te han servido de vía para expresar normalmente el dolor, y jamás enviarlas. Por estos motivos, y por muchos más, declaro las cartas que nunca se mandaron, una tristeza hecha papel.
Por otra parte, ¿nunca os habéis sentido inusualmente nostálgicos al doblar solos una sábana grande? Sí sí, una de esas sábanas que parece que se te vaya a tragar de lo enorme que es, pero por la que sin embargo pelean los dos enamorados en la cama. Y puede que parezca que no es para tanto pero yo de verdad que cada vez que he de lavar una de esas sábanas me entra el pánico al momento en el que se seque y haya de doblarla sola, sin poder decir 'Anda... cariño, ayúdame a doblar la sábana'. Y por esto y mucho más (también por el beso que nos daríamos al terminar de doblarla) declaro las sábanas grandes que ha de doblar una sola persona, una tristeza que invade mi colada.
Finalmente, y porque esta es una de las cosas que más tristeza han podido producirme, hablaré de los domingos. Los domingos son aquellos días en los que no importa para nada si llueve o si hace sol. Y es muy curioso, porque normalmente cualquier otro día de la semana dichos fenómenos atmosféricos son capaces de alterar nuestro estado de ánimo. Lo que pasa con los domingos es que parece como si ya llevaran un estado de ánimo directamente desde la fábrica, como los artículos defectuosos. Son esos días en los que, en invierno coges una manta y una taza de algo caliente y ves una película en el salón (normalmente para olvidarte de tu propia existencia), cuando llega el calor son aún más angustiosos pues ni siquiera puedes contentarte con el feliz sentimiento de estar calentito en casa. Lo más curioso de todo esto es que los domingos solo son días tristes si se combinan con la soledad. Pues a mi no me importaría para nada compartir la manta y la bebida caliente...
Así que, tú, sí tú, ¿Qué me dices? ¿Te apetece que veamos una película en la cama los domingos, te lea mis cartas y a cambio me ayudes a doblar las sábanas (no te olvides del beso final)?
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