Un día, sentados en el bordillo de una calle cualquiera, a una hora cualquiera (porque nada importaba más que los verbos en plural) me dijo:
-Sabes, tengo miedo de representar una parte tan pequeña de ti que el resto acabe eclipsándome.
Y yo, pensando en lo perfecta que era la manera en la que me miraba, lo gracioso que era como comía su helado y lo feliz que me hacía verle a la derecha de mi vida, respondí:
-Tú no eres un escalón en mi escalera, eres todos los pisos del puñetero rascacielos. No eres una frase del libro, sino cada uno de sus capítulos, prólogo y epílogo incluídos. No eres una nota en mi canción preferida, porque todo lo que tocas con esa guitarra se convierte en mi canción preferida. Tú eres el eclipse. Y todo lo demás, tan solo es todo lo demás.
-Sabes, tengo miedo de representar una parte tan pequeña de ti que el resto acabe eclipsándome.
Y yo, pensando en lo perfecta que era la manera en la que me miraba, lo gracioso que era como comía su helado y lo feliz que me hacía verle a la derecha de mi vida, respondí:
-Tú no eres un escalón en mi escalera, eres todos los pisos del puñetero rascacielos. No eres una frase del libro, sino cada uno de sus capítulos, prólogo y epílogo incluídos. No eres una nota en mi canción preferida, porque todo lo que tocas con esa guitarra se convierte en mi canción preferida. Tú eres el eclipse. Y todo lo demás, tan solo es todo lo demás.
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