Entonces se volvió fría, fría y distante. Por culpa de la excusa del amor. A ella nunca le habían dicho todo aquello que esperaba que le dijeran. No habían gritado al mundo que la amaban, y nadie apareció un día gris en su casa para sacarle una sonrisa. Y entonces supo que endurecer su alma y congelar su corazón era convertirse en aquello que odiaba. Pero era lo único que podía sacarla a flote.
Aunque como siempre, un corazón que ama no es un corazón de piedra, así que desahogaba su angustia con la almohada, que estaba harta de ver llover todas las noches lágrimas que llevaban nombre. Y por el día, cuando el despertador sonaba y hasta la noche siguiente, volvía a ser ese cactus, esa estatua de hielo, una persona aparentemente sin sentimientos. Tanto le amaba, que aunque dejara de decirlo, seguía demostrándolo, como siempre. Y eso la traicionaba.
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